EL ESPÍRITU Y LA VIDA DEL CRISTIANO 04-06-2017
La solemnidad de Pentecostés no es únicamente el día en que finaliza el tiempo pascual. Celebramos el acontecimiento en el que la Pascua llega a su plenitud. El Espíritu que el Padre envía sobre la Iglesia naciente, que penetra hasta lo más profundo del corazón de los creyentes y que llena toda la tierra, es el fruto de la Pascua. Cristo vivió, oró, murió y resucitó para alcanzarnos el don del Espíritu de modo que, perdonados nuestros pecados y hechos criaturas nuevas por su acción en nosotros, amemos a Dios, vivamos como hijos suyos y alcancemos la meta a la que hemos sido llamados en nuestro bautismo: la santidad.
Su presencia y su acción en nosotros es tan discreta y silenciosa que fácilmente caemos en un “olvido del Espíritu”. Y por otra parte es absolutamente necesaria para la vida cristiana, que es la vida de la gracia. Si en cada uno de nosotros hay algo de santidad es porque el Él habita en nuestro interior; si en algún momento tenemos una experiencia verdadera de oración, es porque el Espíritu nos enseña cómo debemos orar y nos mueve a decir a Dios “Abbá”; si a lo largo de nuestra vida logramos vencer las apetencias egoístas que nos dominan, es porque no vivimos según las obras de la carne, sino según el Espíritu… Todo lo que hay en nosotros de bueno y santo es fruto de su acción en nuestros corazones.
Los santos padres se han servido de experiencias cotidianas para ayudarnos a comprender la necesidad que tenemos del Espíritu para la vida del alma y para que entendamos su modo de actuar. Veamos dos de los innumerables testimonios que encontramos en la tradición de la Iglesia.
San Hilario de Poitiers se fija en los sentidos del cuerpo humano. Para que se activen es necesario un estímulo exterior: el hombre tiene ojos, oídos, olfato, etc… Estos sentidos son capacidades que hay en el cuerpo, pero sin luz el ojo no puede ver; sin sonido el oído no puede ejercer su función propia; sin olor el olfato no huele. Del mismo modo, el hombre tiene una capacidad innata de entender a Dios, pero “si no recibe por la fe el Don que es el Espíritu, le faltará luz para llegar a ese conocimiento”. Sin el Espíritu no podemos llegar a las realidades divinas, porque Él es la luz que nos abre al conocimiento de Dios.
San Cirilo de Jerusalén afirma que el Señor se sirvió del término agua para designar la gracia del Espíritu, porque el agua lo sostiene todo, es imprescindible para la hierba y los animales, porque desciende del cielo y, siendo la misma agua, produce efectos diferentes: unos en las palmeras, otros en las vides, etc… Al igual que sin agua no sería posible la vida en nuestro mundo, sin el Espíritu la vida cristiana desaparecería. Y del mismo modo que el agua que cae del cielo es la misma para todas las plantas y hace que cada una de ellas produzca su propio fruto, todos los creyentes recibimos el mismo Espíritu para vivir la vocación a la santidad. Pero para llegar a esa meta, el Espíritu produce efectos distintos en cada uno de nosotros: a unos les da la sabiduría; a otros la fortaleza para el martirio; a otros el don de la misericordia, etc…
Que en esta solemnidad de Pentecostés nuestros corazones se abran al Espíritu de Dios para que la Iglesia se renueve cada día en santidad. Este ha de ser el fruto de las celebraciones pascuales.
+ Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa





