CRISTO VIVE (II) 05-05-2019
Si la Iglesia está llamada a ser en medio de nuestro mundo signo y presencia del Señor resucitado, que es la “verdadera juventud de un mundo envejecido y de un universo que espera con dolores de parto ser revestido con su luz y con su vida” (32); y si en ella todos deben encontrar a Cristo, “compañero y amigo de los jóvenes; tendrá que manifestar en su vida y en sus acciones esa juventud de Cristo si quiere que los jóvenes encuentren en el Señor la fuente de una vida verdadera y auténtica.
La juventud no es únicamente una etapa biológica. Es, ante todo, un modo de afrontar la existencia, “un estado del corazón” (34). La juventud de la Iglesia se percibe cuando los cristianos damos testimonio de nuestra fe con ilusión, alegría, convicción y autenticidad. Quien vive la fe desde estas actitudes está manifestando una veracidad que provoca interrogantes en aquellos que buscan un sentido a su vida. La pérdida de la juventud no es solo cumplir más años: deja de ser joven aquel que pierde la ilusión por lo bueno, lo verdadero o lo auténticamente bello; quien se cansa de la vida y de los demás; quien se encierra en sus egoísmos y únicamente piensa en sí mismo; quien se queda indiferente ante el otro que necesita su ayuda; quien no vive en el deseo de ser cada día mejor y de crecer en el amor y en la solidaridad; quien no siente la necesidad de profundizar en la amistad con el Señor. En la Iglesia he conocido a personas a quien el paso de los años ha llevado a crecer en esa juventud espiritual y son auténticos testimonios para los jóvenes. No olvidemos que el correr del tiempo no debe arrebatarnos la juventud, sino que nos tiene que hacer crecer en ella.
La Iglesia como institución está llamada a visibilizar la juventud de Cristo y, por tanto, debe perder el miedo a estar en constante renovación para serle más fiel. Para ello debe abrirse a “la fuerza siempre nueva de la Palabra de Dios, de la Eucaristía, de la presencia de Cristo y de su Espíritu cada día”. Si es capaz de alimentarse sin cesar en estas fuentes no cederá a dos tentaciones que pueden paralizarla: esclerotizarse en el pasado quedando inmóvil ante las nuevas situaciones o ceder “a todo lo que el mundo le ofrece, creer que se renueva porque esconde su mensaje y se mimetiza con los demás” (35). Los cristianos estamos llamados a actuar de modo que todos nos sientan “hermanos y cercanos” (36) y, al mismo tiempo, “tenemos que atrevernos a ser distintos, a mostrar otros sueños que este mundo no ofrece, a testimoniar la belleza de la generosidad, del Servicio, de la pureza, de la Fortaleza, del perdón, de la fidelidad a la propia vocación, de la oración, de la lucha por la justicia y el bien común, del amor a los pobres, de la amistad social” (36).
A lo largo de la historia no han faltado santos que han testimoniado al mundo la juventud de la Iglesia: María “es el gran modelo para una Iglesia joven” (43). Junto a Ella el Papa nos recuerda algunos ejemplos de jóvenes santos que entregaron su vida por Cristo, muchos de ellos hasta el martirio. Que su testimonio despierte en nosotros el deseo de vivir la fe con renovada ilusión.
Que este sea el fruto de la Pascua que estamos viviendo.
+ Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa





